«Ridge Racer Unbounded» – Crítica

Ridge Racer Unbounded
Bugbear Entertainment / Namco Bandai
PlayStation 3 (versión analizada), Xbox 360, PC

Hace un rato, mi hijo se ha enfadado conmigo. Me ha pedido que no le oculte según qué cosas, recordado no sé cuántas veces su edad («ya soy mayor, papá, ¡tengo siete años!») y finalmente se ha sentado a jugar con la Xbox 360.

Seguramente pasen varias horas hasta que vuelva a dirigirme la palabra. La verdad es que le entiendo… Ahora mismo, ni parpadea; está atento a todo cuanto sucede en la pantalla mientras libra su primera batalla importante en un juego que acaba de conocer. El chaval está encantado con su recién estrenado tesoro, aunque aún me pregunta por qué he tardado tanto en descubrirle Vanquish.

Qué hermosa es la inocencia infantil. A un niño le da igual el nombre del juego que le acaban de mostrar, no necesita saber qué equipo desarrollador lo programó, le importa poco si el título en cuestión forma parte de una serie o saga; el pequeño aficionado se pone a jugar, sin más. Se fusiona con el gameplay y disfruta de Lords of Shadow sin vomitar aseveraciones de fan chiflado tipo «esto no es un Castlevania». Con la mirada limpia del jugador centrado en su partida, un niño se pasará el último Tomb Raider lanzado al mercado sin caer en comparaciones mamarias ni razonamientos de integrista chalao del palo «¡esta no es ‘mi’ Lara! ¡La ‘nueva’ tiene las tetas más pequeñas!». Y seguro que ningún mozalbete que haya jugado a Max Payne uno y dos dejará pasar la oportunidad de jugar a la tercera parte de la serie, por mucho que bastantes seguidores de la saga hayan puesto el grito en el cielo al conocer el alopécico aspecto que Max luce en determinados pasajes del juego.

Para que mi hijo disfrute de Ridge Racer Unbounded no he tenido que explicarle que de la conocidísima saga de juegos de conducción arcade creada en 1993 por NamcoUnbounded solo recoge la inercia musical tecno, la imaginería visual de los vehículos y la pieza más importante de la mecánica Ridge Racer: saber que derrapar por el circuito sigue siendo la única manera de avanzar a través del juego. Tampoco he tenido que contarle que Unbounded no solo acierta por lo que acabamos de apuntar de cuanto bueno conserva en las tripas de anteriores Ridge Racer, sino también por lo que incorpora a su gameplay desde juegos que nada tienen que ver con la serie. Mi chavalete desconoce por el momento la existencia de Burnout, Split Second y FlatOut –todo se andará-, y por tanto, tontería habría sido explicarle cuánto han influido los Burnout en la concepción de la dinámica de Unbounded. Habría perdido el tiempo si hubiera contado a mi hijo que Bugbear Entertainment, creadores de FlatOut, han sido a quienes Namco Bandai ha encomendado la tarea de desarrollar este último Ridge Racer. Y seguro que solo habría conseguido pintar en la cara de mi hijo un gesto de «ah, y qué» bien grande si hubiera intentado mostrarle los paralelismos en la destrucción explosiva del entorno existentes tanto en Split Second como en Unbounded. A un niño le importan poco las monsergas, un crío solo quiere jugar y divertirse; y Ridge Racer Unbounded es uno de esos títulos que divierten simplemente jugando con él, al margen de los progresos realizados, las carreras que se ganen o los logros obtenidos. Es más: en las últimas horas he visto a mi hijo atesorar la sensación de perder, porque eso implica la posibilidad de disfrutar intentando ganar.

La mente de un chaval de siete años no está preparada para aislar y entender las fórmulas que hacen que un juego funcione. Un niño simplemente conecta con algo o no conecta, e intuitivamente hace uso del título que funciona y deja de lado el que no funciona. Mi hijo, lógicamente, no termina de entender por qué la industria no siempre genera lo que uno demanda; y lo que él demanda, al igual que su padre, es que se lancen más títulos de conducción del tipo que ambos adoramos (del tipo Ridge Racer, por si se lo están preguntando). Mi chavalete desconoce, y es feliz en su desconocimiento, que lo que ha hecho grande desde sus inicios a la serie Ridge ha dejado de tener validez para muchos usuarios. Por otra parte y como ya se ha indicado arriba, debido a su edad e inexperiencia mi hijo no está aún capacitado para entender que los títulos de esta veterana saga automovilística funcionan ante todo por su gameplay directo y sin complicaciones. Además, el pobre no tiene ni idea de que hoy día, se tacha de simplón al juego de carreras que «tan solo» sea capaz de generar desde su menú de opciones diversión tanto para el que busca entretenimiento en solitario, como para quien persigue obtener idéntico fin en los modos multijugador.

Así las cosas, es imposible que mi hijo entienda que la vía normalmente seguida por las desarrolladoras para adaptar a los nuevos tiempos estos juegos que se alimentan de las mieles que engrandecieron a muchos clásicos, pasa por añadir a la pureza de sus mecánicas todo aquello que demandan los usuarios de ahora: la habitual parafernalia (multijugador y demás extras) online, orientación hacia la espectacularidad (inane en muchos casos), la épica impostada de los acontecimientos que el juego narra, y añadidos a tutiplén -que seguramente poca gente utilizará- como un editor de circuitos.

En muchas ocasiones la mezcla resultante no funciona. Pero hay otros productos obtenidos a base de añadir elementos -demandados por diferentes tipos de jugadores- a lo que lo petó ayer, junto a lo que está en boga hoy, en los que todo parece cuadrar: Ridge Racer Unbounded es uno de esos batiburrillos en los que la mezcla de elementos propios y ajenos se ha equilibrado de maravilla.

Después de varias semanas pegando a Ridge Racer Unbounded, he pasado unos días observando a mi hijo jugar con el título mencionado. Ahora sí, les cuento mis planes. Y disculpen que no lo haya hecho desde el primer momento, pero tenía mis razones: la idea es aprovechar la crítica de Unbounded (en la cual mi propósito es, por supuesto, aportar toda la información útil que sobre el juego haya que proporcionar), y realizar con la excusa de la misma un experimento con mi hijo que nos divierta a él, y a mí, y que además arroje conclusiones efectivas. La intención del estudio pasa por comprobar cómo interiorizan un mismo videojuego dos personas separadas entre sí por años, tanto físicos como de experiencia. Comprobar, en definitiva y de una forma eminentemente práctica, una vieja cuestión intrínsecamente relacionada con juegos y jugadores: cómo nos condiciona el callo, el hype, la experiencia, el conocimiento, la edad, nuestra propia mente entrando en estados idiotas y jugándonos malas pasadas, a la hora de disfrutar (o no) un videojuego. Como bien supondrán ustedes, he elegido Ridge Racer Unbounded para realizar mi experimento porque es uno de esos títulos que muchos usuarios se perderán, o no disfrutarán como deberían, ya que para algunas cabezas pesa más el nombre del software que el propio software.

Es en el corazón del gameplay de Ridge Racer Unbounded donde he encontrado la vía para sacar conclusiones. En los últimos días he tenido la oportunidad de contemplar cómo un niño de siete años intentaba progresar en un videojuego haciendo uso de su habilidad y su intuición. He visto a mi hijo apreciar las diferencias existentes entre los vehículos de Ridge Racer Unbounded; rápidamente se ha dado cuenta de que es necesario probar varias monturas hasta sentirse plenamente conforme conduciendo una específica. Efectivamente, no es este un juego de coches distintos en apariencia y comportamiento idéntico… También he presenciado cómo Unbounded enseñaba a mi hijo a derrapar, mostrándole unos circuitos de rectas eternas que culminaban en cerradísimas curvas en las cuales había que hacer culear el coche para no estamparlo; derrapando se rellena la barra de «Power», con la que podremos generar un ofensivo acelerón en nuestro vehículo que no solo sirve para avanzar a toda velocidad, sino además para embestir y mandar así al desguace a los coches rivales, y también para destrozar el escenario en puntos señalados y crear de ese modo atajos; es precisamente porque esta es una herramienta multiusos y no solo un «Turbo» al uso, que esta barra se llama «Power» de manera general; aunque sí debe apuntarse que hay un modo llamado «Carrera Shindo» en el cual «Power» pasa a ser «Boost», perdiendo así la barra potenciadora su capacidad destructiva para convertirse en utensilio que, cuando el jugador lo desee, provoca por unos segundos un aumento súbito de la velocidad en el vehículo que controlamos. Mi hijo ha probado poco esta modalidad «Shindo» de carrera, ya que él prefiere antes correr provocando a su alrededor caos y destrucción, que solamente correr. Lógico, por otra parte. Pero fíjense en el detalle: este pequeño jugador de mis entretelas valora y disfruta el apartado exclusivamente Ridge Racer del juego, pero es la facción Unbounded la que le gana.

Mi hijo ha aprendido otras cosas, sí, como el significado de la palabra «estrategia»: dado que la barra «Power» (o «Boost») solo ofrece su funcionalidad cuando está totalmente llena, que el acelerón resultante no puede dosificarse (en el momento en que se decide liberar su poder, este se libera del todo), y que hay lugares mejores que otros en cada circuito tanto para derrapar y cargar la barra como para ejecutar el acelerón que, muy probablemente, dé la victoria, es fácil deducir (hasta para un niño de siete años que juega dejándose llevar por la intuición) que, una vez más, ensayar y errar, probar y acertar, es la vía para ganar. Pero no hagamos desembocar nuestra riada de razonamientos en el mar de lo obvio. Antes bien, rebobinemos un instante, justo hasta el final del párrafo anterior: cada vez más, vengo notando que los juegos clásicos entretienen a mi hijo lo justo. No tanto, al menos, como títulos más modernos que, dicho de un modo general, expanden posibilidades mecánicas que funcionan. Ridge Racer Unbounded es un título ideal para comprobar esto, más cuando hace no demasiado mi hijo ha estado jugando a Ridge Racer 3D… Quince minutos; sin embargo, ha echado horas a Unbounded. Por los elementos estratégicos, sí, pero esto no es ningún elemento diferenciador, saber cuándo utilizar el «Turbo» no es algo que defina concretamente a esta entrega de la serie. Más bien por la conversión del clásico «Turbo» en un «Power» que ha ampliado, como decíamos más arriba, las posibilidades de diversión que puede traer consigo una mecánica funcionalmente exitosa (carreras arcade que se ganan más fácilmente cuanto más derrapemos), los minutos de juego de mi hijo se han transformado en horas. Esto es así: hoy por hoy, observo que juegos sencillos que funcionan con mecánicas sencillas, se le quedan cortos. Podría decirse que se aburre pronto de ellos porque se le hacen… Simplones.

Ridge Racer Unbounded me ha mostrado que añadir mucho bueno moderno a una base clásica y equilibrar el conjunto, es obviamente el camino a seguir para el que crea videojuegos y para quienes los disfrutan. Unbounded también me ha enseñado que añadir cierta profundidad a un arcade no siempre implica destruir una mecánica que funciona, no es complicar las cosas innecesariamente por narices, no provoca de manera inevitable la pérdida de la entidad del producto. Y observando la relación que con el juego ha tenido mi hijo, más allá de la muy positiva lección que simplemente enseña que lo que es bueno y está bien hecho, funciona para cualquier tipo de jugador, extraigo las siguientes conclusiones por encima de muchas otras: sí, hay viejales como yo que no piden más que disfrutar una y otra vez con las mecánicas sencillas que una vez nos llenaron, pero hay otro tipo de jugadores que viene pegando fuerte y que precisa algo más. Los jóvenes de ahora necesitan parafernalia online a espuertas, espectacularidad (inane o qué, pero eh) épica (impostada o como sea), cinemáticas peliculeras y mil extras que seguramente ni toquen. Perfecto; porque aunque haya jugadores que demandan algo que queda por encima de lo que a otros nos basta, o dicho de otro modo, mientras exista quien se contente con un Ridge Racer al mismo tiempo que haya quien necesita un Unbounded, pues todo bien… Siempre que haya productos como Ridge Racer Unbounded, que consiguen gustar a todos los jugadores con su equilibradísima mezcla de elementos.

4 opiniones en “«Ridge Racer Unbounded» – Crítica”

  1. Grande.

    » A un niño le importan poco las monsergas, un crío solo quiere jugar y divertirse; »

    ¡Esa debería ser La Norma, pero no solo para los críos!

    Lo escribiré en un post-it y lo pegaré en la caja del juego que esté jugando recordarlo la próxima vez que esté «obligándome» a terminar un juego que no me divierta.

  2. Cómo me gusta leerle. Y he de admitir que me gusta cuando cuenta anécdotas con su hijo. Y muy muy interesante lo que plantea, con Ridge Racer de fondo pero extensible a todos los juegos, a todos los géneros que hay en las estanterías de las tiendas de hoy en día. Y que esta reflexión la haga alguien como usted, tan «old-school», me hace valorarla más.

    Por cierto, y un poco al hilo de lo que comenta… ¿Ud. tenía una recreativa en casa, verdad? También contaba las primeras sensaciones de su hijo al empezar a jugar con ella… ¿Y ahora?¿le sigue interesando? ¿O pudiendo elegir, se decanta más por las consolas de sobremesa actuales?

    Un saludo y un abrazo bien fuerte. Para Ud. y para su hijo.

  3. Mil millones de gracias a ambos… :____)

    Querido madeinpda, a mí hace tiempo me daba cosica dejar un juego, libro, peli o tebeo a medias, porque si lo hacía así me parecía que faltaba al respeto al autor de la obra en cuestión… Así que me obligaba a terminar todo lo empezado aunque no me estuviera gustando. Ahora si algo no me está gustando porque considero que el autor no se ha currado lo suficiente el juego, libro, peli o tebeo, considero que el autor me está faltando al respeto a mí, y en ese caso no tengo problema en dejar a medias lo que sea. 🙂

    Andrés, gracias de nuevo, amigo… Le diré, sí que tengo una recreativa en casa, y sí que sigue jugando con ella mi hijo. Él juega a todo lo que cae en sus manos, corra el programa en sistema antiguo o moderno; la cosa va por rachas, se pone en plan completista y se termina sagas enteras, o todos los juegos de un personaje concreto. Y el tío se acaba los juegos, pero bien acabados; hace un rato estaba con Mario Galaxy, que le debía faltar alguna cosa por conseguir, y ahí estaba dale que te pego. Más bien soy yo quien le voy descubriendo cosas, y ya trato de ir alternando clásicos con modernos. A la recreativa jugamos principalmente los dos a dobles, las últimas partidas que nos hemos echado al Battletoads han sido gloriosas, amigo mío, ¡gloriosas! ¡Qué risas!

    También le diré que si en algo noto que mi hijo diferencia títulos clásicos de modernos, es en que él se engancha mucho con las historias que cuentan los juegos. Aunque la historia en cuestión sea una chorrada como un templo, pero a él le sirve para seguir pegando al juego; en ese sentido, claro, los títulos más antiguos tienen más las de perder porque profundizan menos en argumentos y personajes, y como aliciente para seguir jugando, no tiene más que lo que se pique con el juego. Que bastante es, ya, pero si además de que se lo esté pasando bien con el juego le están contando algo que le hace tilín, pues doble enganche. Menudo vicio pilló con los Uncharted en su momento, que si Nathan esto, que si Sully lo otro. No paraba de hablar de estos personajes, ¡se lo pasó teta con el arranque de la tercera parte!

    Curiosidad: Mi hijo no dice, por ejemplo, Sonic o Mario clásico o moderno, claro, dice «Sonic viejecito» o «Sonic» a secas. Me encanta. Le digo: «me quiero pillar una camiseta de Donkey Kong», y él me pregunta, «¿pero de Donkey Kong, o del Donkey Kong viejecito?»

  4. Gracias por la respuesta, tenía mucha curiosidad. Encantadores, son ustedes (porque si algún día les conozco les hablaré de ud., incluído su hijo) encantadores. Ojalá le dé a su hijo por seguir su spasos y algún día le dé por escribir sus impresiones sobre videojuegos, proque me atrevo a decir que el background que está cogiendo su niño lo tendrán muy poquitos en este mundo…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.