Homenaje al corredor fantasma

Esa crítica de Project Zero II que ven a mi derecha y la que van a ver mañana a mi izquierda, son acerca de juegos en los que los fantasmas tienen un importante papel. Decidimos en uno de los habituales y envidiados brainstormings mondopixeleros que dedicaríamos la semana a fantasmas de toda clase y condición. Pero pronto empezamos a derivar hacia la aventura espiritista default y hacia la enésima reivindicación metafísica de Pac-Man, así que hemos decidido coger el toro pixelado por los cuernos y hablar un rato de ese fantasma al que nunca nadie hace caso, quizás por familiar y habitual. El fantasma de uno mismo. Los rivales fantasma en los juegos de carreras.

En la magistral Speed Racer, uno de los homenajes no directos, junto a Crank y secuela, mejor hilados, más autoconscientes y reflexivos que ha hecho el mundo del cine de la mecánica de los videojuegos, el protagonista muestra sus habilidades ya en la secuencia inicial, donde compite con un rival fantasma. Se trata de una proyección holográfica de su hermano desaparecido, a la que deja ganar para no batir su marca. Por supuesto, la figura de su hermano supondrá una sombra en su carrera que servirá como motor dramático para buena parte de la película, pero su uso, a un nivel meramente narrativo y visual en esta primera secuencia, cuando no sabemos casi nada de los personajes, es impactante: un corredor intangible pero que iguala al imbatible protagonista. Un rival casi a la altura del héroe que no existe, es el eco del pasado.

Los corredores fantasma son una constante en los juegos de carreras que recuperan uno de los elementos primordiales de los videojuegos, presentes desde el mismo Spacewar que los vio nacer y el Pong! que los vio eclosionar: la competitividad. Una variante metafórica de los corredores fantasma llegó, en los arcades, con las tablas de puntuaciones: ahí quedaban registradas, de forma numérica e inapelable, con una puntuación que hace honor a los orígenes científicos y matemáticos de los primeros soportes del medio, las marcas de rivales que no tenían por qué estar presentes en el momento de jugar la partida. El rival había jugado anteriormente y había dejado su huella, que podías intentar batir y, a su vez, posteriormente, dejar plasmada tu propia impronta numérica.

Los corredores fantasma son, en su origen, en juegos como Wipeout, un curioso sustituto por adelantado de las competiciones on-line: registros de las propias marcas y de marcas ajenas que corren a nuestro lado, mostrando las rutas y estrategias que ha hecho un jugador previo. Como en el mundo de los espíritus a los que ese calificativo de «fantasma» hace honor, estos corredores ejercen sobre el jugador una presión real, que ve un enemigo intangible al que no puede arrollar ni eliminar como es habitual en los juegos de velocidad y violencia futurista, sino solo seguir e intentar superar con total limpieza. Se trata de algo más desafiante, más enérgico y más peligroso, pese a su falta de presencia física, que un rival auténtico: supone la marca de un recuerdo o, incluso en alguna pirueta conceptual por la que Christopher Nolan mataría muy fuerte, la marca propia. Enfrentarse con la plasmación adiabolada de uno mismo, amigos, como la juventud que vuelve o el yo del pasado que te canta las cuarenta. No lo intenten en su mass-media decadente de turno: esto solo pasa en los videojuegos.

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