Amores de verano (y II)

La primera edición de nuestro homenaje a los amores de verano llega a su fin. Después del recuerdo de Herasmus y su affair con Gay Tony y su maravilloso análisis de lo táctil a raíz de sus tardes de verano con la familia política, podemos estar satisfechos con este resumen de nuestras obsesiones recién descubiertas durante esta estación lenta, al menos para un servidor: el resto de cabezas pensantes de Mondo Píxel no ha parado de parir ideas y encarar cierres, así que el mejor resumen de sus veranos lo podrán encontrar en GamesTM, en el próximo Open y en proyectos de los que no podemos pero queremos hablarles muy pronto. Y ahora, el final de un viaje de verano. O cómo nuestras obsesiones nos acompañan y nos dejan encontrar el hogar lejos del hogar.

Infanticidios rituales: el Infierno hace su agosto

Como anunciaba al principio del anterior post, los viajes de vuelta al pueblo obligan a controlar el tamaño del equipaje y, sabiendo que mi portátil tendría que venir de todas maneras, me dije que esa sería mi principal propuesta de ocio para la ocasión. Y dado que no se trata de un Alienware sino de un equipo todoterreno, modesto pero ligero, todos los triple A de las ofertas de verano de Steam quedaban fuera de la ecuación. Siguiendo esa línea de pensamiento, la siguiente opción fue rescatar de la nube el resultado de mi actividad favorita de doce meses anteriores —canjear códigos de indie bundles en Steam— con la esperanza de encontrar algo que me dejara llenar cualquier rato suelto de mis vacaciones. Y ahí es cuando me encontré con The Binding of Isaac.

Mi flechazo con The Binding of Isaac no fue amor a primera vista: ya lo había intentado en Navidad cuando empecé a jugar en el portátil con un mando de Xbox 360 (no me llevo bien con el par teclado y ratón) y me encontré con que Edmund McMillen no se había molestado en dar soporte nativo para gamepads a raíz de su mala experiencia con este asunto en la versión para Mac de Super Meat Boy. En su lugar, me sugería amablemente que lo configurara yo mismo gracias a JoyToKey, lo que resultó ser un infierno que me hizo borrar el juego y arrancar Waves inmediatamente. Sin embargo, tras recordar que McMillen resultó ser un tipo simpático en la controvertida Indie Game: The Movie, decidí darle una segunda oportunidad al trabajo de esta mitad del Team Meat. Y al descubrir que alguien ya se había tomado la molestia de resolver mis dolores de cabeza, conseguí por fin ponerme manos a la obra con Isaac y sus desventuras, y a la segunda fue la vencida.

En retrospectiva, cuesta entender cómo este enamoramiento no se produjo antes, porque las señales estaban por todas partes: el esquema de dual stick que tantas horas de felicidad me había dado con Geometry Wars; la generación de niveles aleatorios, que siempre ofrece un ítem nuevo, un arma, un nuevo enemigo para la enciclopedia; y la escasa duración de cada partida, que me engatusaba a la hora de ponderar mi respuesta a la incómoda pregunta que el juego hace cada vez que lo quieres abandonar: «¿Vas a dejar que Isaac muera indefenso a manos de su madre?» Por Dios, no, toma otras dos horas de mi tiempo. The Binding of Isaac me tocaba las teclas adecuadas, y pensaba estar a la altura de las circunstancias. Cinco horas más tarde solo pude soltar el mando para ir a por la tarjeta y comprar el único DLC publicado hasta ahora, Wrath of the Lamb, que añadió aún más objetos y enemigos a mi obsesión de este verano.

Sin embargo, como todo tiene su momento y su lugar, no he vuelto a quedar con The Binding of Isaac desde que volví a la gran ciudad. Conectar el mando al portátil ya no parece tan atractivo cuando se puede enchufar a la propia Xbox 360 del salón, donde he encontrado en Spelunky a su sucesor natural para llenar mis tiempos muertos. Me temo que no volveremos a encontrarnos hasta que llegue diciembre, si nadie está por la labor de llevarlo a las portátiles tras el fiasco con Nintendo. Y espero secretamente, y por mi propio bien, que siga siendo así.

3 opiniones en “Amores de verano (y II)”

  1. Tras haberlo completado al 100% puedo decir que, para mí, es el único indie que me ha enganchado pero BIEN, y por méritos propios. 207 horas de juego dan buena cuenta de ello.

    Como bien dices, el esquema de controles es terrible (a pesar de que llegué a acostumbrarme al teclado), y la dificultad y extrema aleatoriedad puede echar para atrás al jugador nuevo. Pero una vez te picas, y empiezas a desbloquear secretos y demás… Pues eso. 207 horas.

    Recomendadísimo, y para lo que vale es un must.

  2. Gracias por el comentario! The Binding of Isaac con un pad gana muchísimos enteros, y no quiero pensar en cuántas horas se habrían convertido esas 207 que comenta si hubiera tenido otro sistema de control a mano. Sobre indies adictivos me salen un par de puñados a bote pronto, pero digo desde ya que la versión de Spelunky para XBLA tiene de todo para tenerle enganchado un buen rato. Y que no se acerque a Super Crate Box en iPhone si no quiere perder su vida social.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.