Little Inferno — Crítica

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Little Inferno
Tomorrow Corporation
PC, Wii U

La propuesta de Little Inferno, un simulador de chimenea con espíritu inquieto y ganas de darnos en los morros con un mensaje que trascienda del simple entretenimiento a golpe de clic, viene avalada por la buena mano de Kyle Gabler, la cabeza detrás del genial World of Goo, y Kyle Gray, el autor de Henry Hatsworth. Little Inferno llega en el momento justo, en un año en el que parece que se ha terminado de disipar esa frontera invisible que, en términos cualitativos, quería relegar a una segunda línea de fuego a los juegos independientes, segregándolos de los llamados grandes de la mercadotecnia y mercachiflería tripleá, y ocupa el lugar oportuno, como parte importante del grueso de todos esos pequeños y enormes títulos que están promoviendo el mencionado cambio.

En un invierno tan duro que parece ser ya perpetuo, las bajas temperaturas han propiciado que el último juguete de Tomorrow Corporation, una chimenea llamada Little Inferno, se esté vendiendo como churros. Todo el mundo parece haber sucumbido a los cálidos encantos del juguete de moda y las calles de la ciudad han quedado desiertas. El único atisbo de vida se intuye en las columnas torrenciales del humo que emana de sus chimeneas.

Bajo una premisa tan sencilla como la de lanzar objetos al fuego para verlos arder, explotar o derretirse en función de las (excelentes) físicas de cada uno, y espoleada por ese hipnótico ejercicio visual de lo incandescente, se nos va configurando una adictiva mecánica combinatoria disfrazada de acertijos que nos irá recompensando con monedas para poder comprar más objetos con los que alimentar nuestra lumbre, y tickets especiales para reducir los tiempos de espera de dichas transacciones. Comprar y quemar cosas —a ser posible sin tener que esperar más de lo imprescindible— con el único objetivo de aumentar nuestro confort y obtener más monedas con las que seguir perpetuando ese ciclo de consumo y calorcito, es la rígida directriz bajo la que actuamos sin tener posibilidad alguna de elección o variación de la dinámica. La crítica al consumismo descerebrado y fútil está ahí, es evidente, y además se efectúa con una limpieza y una ausencia de pretensión de trascendencia digna de admirar, pero Little Inferno quiere hilar un poco más fino que todo eso. La hipnótica danza flamígera no deja que nuestros ojos abandonen la contemplación de su sinuosa naturaleza, hasta el punto de que toda la información que recibimos del exterior, incluso la interacción con otros, se efectúa mediante correo postal. Mientras tengamos dinero para comprar nuestro propio bienestar qué más da lo que ocurra allá fuera, qué importan los demás, qué importa nada. ¿O sí?

Resulta que sí que importa. Nuestro pequeño infierno, al fin y al cabo, es esa implacable e inevitable monetarización del bienestar, esa misma que nos impide desligarnos de su tiranía hasta que no nos salta literalmente por los aires delante de nuestras narices. Un lugar en el que no hay espacio físico posible para conservar las bonitas palabras de un amigo estampadas en lápiz y papel, o un abrazo fortuito. Un ciclo retroalimenticio, depredativo y deshumanizador. Little Inferno nos invita, con amabilidad y humildad, a cuestionarnos algunos porqués, y lo hace bajo la batuta rígida de la no elección como herramienta básica para zambullirnos directamente en la intención de su discurso. Y pese a que tenía en sus manos las herramientas perfectas para haber intentado hurgar un poco más y mejor en la psicología del jugador (resulta extremadamente tentador imaginar un jugueteo más pronunciado con nuestras decisiones a la hora de descartar o conservar ciertos objetos en función de su naturaleza para intentar garabatear rasgos de la nuestra) ha sabido configurar con éxito un sencillo ejercicio reflexivo a través de, por, y para lo lúdico. Por qué hacemos lo que hacemos en lugar de lo que queremos hacer, en qué momento tenemos poder real sobre nosotros mismos y nuestras decisiones. O, simplemente, por qué jugamos. Afortunadamente, Little Inferno nos da una razón convincente para hacerlo.

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