El juego del verano (II) – Canción del verano, sinfonía de la noche

portb

Una vez cada cien años el castillo de Drácula se levanta de entre sus escombros, pero si ese resurgir acabara pillando en agosto, yo al menos estaría preparado. Hay gente de playa y gente de montaña, está quien reserva sus vacaciones para visitar algún país pintoresco y quien prefiere las excursiones exóticas, los festivales o los cursos de idiomas. Allá cada uno, yo hace años que cuando llega el verano me juego un Castlevania. Portátil si toca salir, de sobremesa y cerveza fría si hay que quedarse en casa.

Largos, exigentes, plagados de secretos  y aristas, los juegos de la serie necesitan de una dedicación que es incompatible con las prisas o los horarios de cualquier tipo. Llegados a cierto punto, también se hacen incompatibles con la piscina, la siesta y (según mi mujer) el matrimonio, pero es un precio que yo al menos pago a gusto. ¿Criptas lóbregas levantadas a golpe de pixelazo, ensalada de monstruos y un látigo místico que pasa de generación en generación como las joyas de la abuela (si la abuela fuese una cazavampiros melenuda torturada por la sed de venganza)? Mis vacaciones pueden con las tuyas con un colmillo atado a la espalda.

Este año al fin le ha tocado turno a Symphony of the night, la entrega que lanzó Konami en el 97, un poco con la cabeza en otra cosa mientras se cocinaba a fuego lento aquel Castlevania 64 tan ambicioso como impracticable. Y sin embargo, Symphony es hoy el santo y seña de una serie que hasta entonces no se había distinguido por ninguno de los patrones que ahora le reconocemos como propios, y que van a cristalizar aquí aunque alguno hubiera asomado en la ya entonces añeja secuela de NES. Este es el Castlevania que inventa los mapas desmesurados, el retroceder para avanzar, el inventario inabarcable… y lo hace con la diversión por delante, que es lo más complicado de conseguir y eso que los analistas casi nunca nos detenemos a explicar. Es divertido explorar, es divertido retroceder. En cierta medida, y a la larga, es divertido morir.

Divierte explorar porque los escenarios nunca son inocentes. Un simple pasillo con una puerta de entrada y otra de salida solo engañará a los novatos, que corren de izquierda a derecha mientras el jugador curtido revisa a conciencia cualquier estucado sospechoso. No es para menos: solo escudriñando cada centímetro de castillo se completa un inventario aparentemente infinito, donde cada espada tiene un uso específico y la más humilde de las fruslerías puede combinarse con alguna medallita de comunión olvidada hasta convertirse en la armadura de destrucción masiva que amanse al vampiro más feroz. Otras series y el sistema de logros nos han acostumbrado a registrar los huecos de las escaleras en busca de coleccionables insípidos o de esa caricia en el lomo que es acumular puntos en el gamertag. Bien por ellos. Un Castlevania en forma guarda siempre una recompensa por la que vale la pena patearse el mapa de izquierda a derecha, del derecho y del revés, panza arriba y panza abajo. Solo para el jugador constante. Para quien no se quiere conformar.

Se muere mucho explorando, pero eso es bueno también. Alucard se fortalece poco a poco, y es al volver convenientemente ciclado sobre habitaciones donde antes solo se podía pisar ligero que el juego premia con una sensación de poder difícil de describir sin sonrojos. Una cosa a medio camino entre la justa venganza y el abrir la puerta al abusón de instituto que todos llevamos dentro, pero aplicado a la épica de pixelotes. Un espejismo en todo caso, porque en seguida el juego abre nuevos caminos donde se nos volverá a poner a prueba y otra vez vuelta a empezar. Hay una ilusión de progreso palpable que lleva a pensar cada poco que es ahora cuando empieza lo bueno, que es con este nuevo poder, con esta espada de siete filos, cuando de verdad va a arrancar un juego que en realidad no ha dejado de pisar el acelerador desde el prólogo.

Symphony of the night es un juego que nunca parece agotarse, que se da la vuelta cuando uno lo da por terminado y arranca de nuevo más violento e implacable. A mi amigo Iván, ilustre Castlevaniófilo, le da la risa cuando se entera de que me he conformado con un muy discreto 198,6% de juego terminado, y yo le respondo que tampoco puede ser sano ese fetichismo completista suyo, que se porta como un niño de posguerra con su obsesión por exprimir el juego hasta lo inexprimible. Me tienta con personajes desbloqueables, con finales alternativos… cuando ve que ni por esas, con ir a contando por ahí de mi incompetencia (como si esta fuera un secreto). Hay un arma en el juego que gana en potencia a medida que se acumula tiempo de partida, estando su tope por encima de las 99 horas. He oído de gente que aprovechándose de glitches ha llegado a desbloquear un 999% de juego. Me da escalofríos enterarme de estas cosas porque todas parten de algo que como fan comprendo muy bien: disfrutar tanto de algo como para no permitir que se acabe. Estirarlo hasta deformarlo, hasta dejarlo irreconocible. Pero tarde o temprano se acaba, en mi caso en el momento en que ya no se puede avanzar sin guía. Lo que se tiene que recorrer manual en mano, cerrado se queda.

No importa, el año que viene traerá otro verano.

Y el nuevo verano, otro Castlevania.

4 opiniones en “El juego del verano (II) – Canción del verano, sinfonía de la noche”

  1. De aquí a un par de días he tenido Castlevania en las orejas todo el tiempo, y siendo una saga con la que me he criado… Esto ha sido la gota que colma el vaso, va siendo hora de sacar la consola y pasarme alguno de esos que tengo pendientes, ¡me ha convencido!

  2. Hombre, Truefaiterman, pásese luego por aquí a comentar la experiencia y a recomendar si procede, que a mí todavía me faltan unos pocos y muchas veces no sé por dónde seguir.

    Si no les ha dado aún candela, los protagonizados por Soma Cruz (Aria y Dawn of Sorrow) son tremendos

  3. Este Castlevania siempre tendrá un lugar especial en mi memoria. Aparte de ser el primer Castlevania al que jugué de verdad -el IV en casa de un amigo no cuenta- me hice famoso entre mis amigos porque descubrí antes que nadie el castillo invertido gracias a que soy uno de esos jugadores completistas que exprimen un juego sin trofeítos ni logros de por medio.

    Hoy en día, me lo pongo de vez en cuando, cuando quiero jugar a algo pero sin esforzarme demasiado. Lo mismo que hay gente que pone cualquier cosa en la tele «para que haga ruido», yo me pongo el SotN para jugar de tranqui. Me lo sé de memoria.

    Eso sí, me da rabia no haber pasado del 199,8% porque, no sé por qué extraño bug, no puedo completar una parte ínfima del castillo invertido por más cabezazos que me doy con el techo.

  4. Un amigo al que tengo en alta estima llevaba 6 años comiéndome la oreja con este juego, diciendo que era su favorito, que no entendía como podía dejar de lado un juego así que no sabía lo que me estaba perdiendo blablabla. Doy un buche a la birra y le digo: déjame el puto juego para que me dejes en paz.

    BENDITA FUE LA HORA
    Pocas alabanzas le había hecho, pocos años me dio la barrila. Me lo pase en un domingo (el pasado verano de hecho, al 199%) que maravilla, cuanta perfección en un solo disco, que increíble banda sonora (tengo el dracula’s castle de tono en el móvil), que preciosidad píxel a píxel.

    No tengo palabras para describir este juego.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.