«Killzone: Mercenary» – Crítica

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Killzone: Mercenary
Guerrilla Cambridge
PS Vita

Uno de los mayores escollos que debía salvar Killzone Mercenary era la siempre complicada traslación de los controles FPS a un entorno portátil, y esto es algo que ya quedó más o menos claro en la previa que hicimos del juego en esta misma casa para regocijo de todos los amantes del género. De hecho, esta nueva entrega del shooter creado por Guerrilla hace bien justo lo que tenía más complicado, pero más allá de eso y en el resto de sus apartados (o como conjunto, si lo prefieren) peca de una prudencia excesiva, una prudencia que podría confundirse con un exceso de confianza en apostar por lo de siempre, o con una ligera pereza por parte de los desarrolladores.

La estructura del juego, misiones independientes entre sí de duración media, supedita un poco la importancia per se de las mismas al afán completista, y quizá perfeccionista, que se persigue que adopte el jugador teniendo en cuenta el planteamiento de juego global. Es decir, jugar nos irá retribuyendo con créditos en función de nuestras actuaciones y nuestro estilo más o menos elegante a la hora de eliminar enemigos, y con dichos créditos adquirimos nuevo equipamiento y aumentamos nuestro arsenal de armas, lo que a su vez favorecerá nuevas fórmulas y estrategias con las que abordar la acción y seguir matando con un poco más de estilo si cabe. Las misiones contienen el punto justo (muy justo) de variedad y los escenarios son lo suficientemente amplios como para que el interés no caiga bajo mínimos. Los hackeos de compuertas y terminales son detallitos que funcionan correctamente, bien para sustraernos por un momento del frenesí belicista, bien para inyectar una dosis extra de presión cuando los tenemos que realizar en mitad de un tiroteo, con tiempo límite de por medio. Y son detalles de agradecer, sobre todo porque es prácticamente el único recurso que aporta un algo de variedad a unas mecánicas de juego que no van más allá del “mata”, “mata y avanza”, “mata y espérate aquí un momentillo mientras sigues matando” y “pulsa botón para abrir puerta y prepárate para matar”. Por fortuna la IA enemiga es bastante cumplidora y nos pondrá las cosas un pelín más complicadas que en los consabidos simuladores de tiro en la barraca de feria.

El modo online vendría a ser otro elemento más en el intento por redondear el conjunto, y nuevamente se mueve en el mismo tono generalizado del mismo; cumplidor, rentable y conservador. Todo funciona bien en Killzone Mercenary pero nada destaca especialmente, ni por arriba ni por abajo.

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A nivel argumental poco hay que merezca la pena reseñar: el juego se mueve más o menos en la línea de puntos trazada por ese chorro de tópicos bélico-imperialistas con que se suele barajar el trasfondo argumental de este tipo de producciones. Encarnamos a un mercenario, matamos por dinero aunque también y un poquito, en el fondo, se supone que el devenir de los acontecimientos (nuestro planeta amenazado por unos fulanos, la muerte del compañero que se sacrifica para volar por los aires una nave enemiga) despertará la chispa patriótica en el que se posiciona a los mandos de la experiencia. No pasa nada, no es un crimen capital, y no lo es precisamente por tratarse del tipo de juego del que se trata, pero empieza a resultar un recurso algo cansino por exceso, y extremadamente perezoso por defecto. Un simple eco de fondo, un postureo, una tramoya que por banal tanto en presencia como en esencia, sobra.

Lo mejor que puede decirse de Killzone Mercenary (y a la vez lo que mejor sintetiza su valoración global) es que se trata de un título muy cumplidor, con todo lo bueno y lo no tan bueno que esto implica. Lo bueno es esa propuesta de FPS estructurado en mini misiones (desde luego una elección óptima para la filosofía portátil), divertido, exprimible, con una correcta factura mecánica y un despliegue técnico de altos vuelos; lo no tan bueno es el aura de excesivo conservadurismo que se desprende de un balance semejante, sobre todo si tenemos en cuenta que la anterior incursión portátil de la franquicia, Killzone Liberation, en su viraje desde la fórmula establecida por LOS GRANDES REFERENTES hacia otros derroteros, aportaba un entretenimiento mucho más interesante.

Killzone Mercenary es, en definitiva, un buen juego, en toda la asepsia que contiene tal afirmación; un producto que en lo formal está a la altura de lo que debe esperarse de su nombre, que gustará a los que gustan de fórmulas poco arriesgadas en lo que a pegar tiros se refiere, un título sólido, vistoso y que además se juega bien, con la dosis justa de todos y cada uno de los elementos mínimamente esperables en su género. Por el contrario, y sin ser esto nada especialmente negativo (dependiendo, claro está, de las inclinaciones de cada consumidor), no aporta absolutamente nada que sea imprescindible o radicalmente novedoso. Como el noventa por ciento de los juegos que nutren el mercado mes a mes, de los cuales una gran parte no alcanzan las cotas de calidad formal de Killzone Mercenary. La balanza, por tanto, se inclina tímidamente a favor del título de Guerrilla Cambridge.

1 opinión en “«Killzone: Mercenary» – Crítica”

  1. Vamos, que si es tan «bueno» o similar que sus hermanos de consola «grande», conmigo van dados. Sigo viendo los Killzone como algo plomizo.

    Al menos, eso si, después de todo, se podrá decir que se puede jugar a un FPS en una portátil de Sony con dos sticks. Aunque igual no era necesario.

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