Hotline Miami: el abismo negro

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Hay algo en Hotline Miami que me sigue teniendo irremediablemente atado a su mecánica musculada, su chirriante estética ochentera, su insalubre nivel de dificultad. Algo que impide que deje a un lado esta ultraviolenta epopeya de matanzas quizás imaginadas, y que creo que tiene que ver con el macabro juego de identidades que se trae el protagonista con su colección de máscaras. Esencialmente, las máscaras son versiones totémicas de los power-ups de toda la vida, pero tienen algo más: la inquietante maldad que transpiran las personificaciones animales del héroe y que se ensamblan perfectamente con la narrativa difusa y de múltiples cabezas que propone el juego. En efecto (y desde aquí, si no habéis jugado a Hotline Miami, dejad de leer y poneos a ello), el protagonismo del juego también se difumina en varias cabezas.

Las teorías que hablan de una enfermedad mental disociativa del protagonista solo rascan en la superficie de lo que es dolorosamente obvio: el simbolismo de la máscara es una prolongación de la actitud que el jugador adopta cada vez que se acerca a un videojuego tan nihilista y violento como este. Usamos algunos videojuegos para canalizar toda la furia que ni podemos, ni debemos, ni queremos dejar salir durante nuestro día a día. Desde ese punto de vista, la idea de las máscaras es no ya sencilla y adecuada, sino que entronca con miles de rituales paganos que obligan a sus oficiantes a adoptar imágenes totémicas para asumir características heredadas de tiempos pre-civilizados y que, como los videojuegos, canalizan la temible violencia que llevamos dentro y que puede explotar en cualquier momento.

Las máscaras de Hotline Miami, pues, son algo más que un delicioso recurso visual y una idea de diseño gloriosa: son la prueba muda y salvaje de por qué, a determinado nivel, no solo disfrutamos de los videojuegos. También los necesitamos.

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