«Brothers: A Tale of Two Sons» — Uno es soledad, dos es compañía

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Brothers: A Tale of Two Sons
2013
PC (versión comentada), PSN, XBLA
Starbreeze Studios

No ha sido hasta hace poco que he descubierto una verdad que me lleva persiguiendo toda la vida: nunca he coleccionado nada. En el colegio jugaba a los tazos y cambiaba cromos, y los ganaba y los perdía y tenía miles de ellos repetidos, y me daba bastante igual, porque con tener unos cuantos para seguir jugando me bastaba. Yo tenía mi tazo de Pikachu y ya con eso estaba bien, ¿para qué perseguir ilusiones si era lo suficientemente feliz con lo que ya me ilusionaba? Una actitud conformista que condeno ahora, en parte, pero así fue.

Eso era en horario escolar, claro, el tiempo que pasaba en casa lo hacía viendo cómo mi hermano coleccionaba material de Los Simpsons, recortaba revistas y hacía carátulas para las cintas de vídeo en los que grababa los episodios; o miraba cómo montaba maquetas de coches con mi madre, nuestra madre, mientras yo metía las pegatinas en agua durante un par de segundos cuando me dejaban; o jugaba con las figuras de Batman que mi hermano había empezado a coleccionar, o con las figuras de He-Man que mi hermano había coleccionado en el pasado y de cuyo universo yo desconocía cualquier dato. Yo fingí ser fanático de Los Simpsons también, porque aquello parecía divertido, hasta que finalmente dejé de fingir para amarlos desde la razón; empecé con las maquetas de coches hasta que me aburrí de ellas al instante y descubrí Meccano; mi colección de figuras se resumía, año tras año, en la herencia que mi hermano me dejaba. Y estaba bien, porque nunca sentía que me faltase algo.

Así que mientras mi hermano coleccionaba, una actividad que parecía cosa de un solo hombre y entretenimiento suficiente para uno, yo buscaba cómo pasar el tiempo: montando una biblioteca de mentira con sus carnets de miembro tan reales como la cartulina y etiquetando, poniendo precio y catalogando cada uno de los libros que encontraba; siendo el camarero, gerente y contable de un restaurante de comida de papel; dibujando cómics que definir como conceptuales sería quedarse corto; siendo el dueño de un banco de dinero de papel, también; creando un cuadernillo de pasatiempos con sopas de letras y une los puntos que después (y esto nunca lo repetiré bajo juramento) completaría yo mismo. No es como si mi hermano solo coleccionara, porque su vena creativa salía por la construcción (hizo una Batcueva para sus figuras que ya le hubiera gustado comercializar a cualquier corporación juguetera), pero sumado a que siempre parecía tener que estudiar muchísimo, yo me encontraba con grandes lagunas de tiempo libre a consumir (luego descubrí que podía salir a la calle con amigos, pero eso fue más adelante). Y sin embargo, con todo ello, los recuerdos que me parece más espacio ocuparon en mi infancia aunque no fuera así en absoluto, son los breves periodos de tiempo en los que tras la insistencia continua por mi parte y la necesidad de descanso de mi hermano, jugábamos juntos y la imaginación de ambos se hacía una sola.

Cuando ambos crecimos (y por crecer me refiero a ser conscientes y abrazar el sistema capitalista) mi hermano comenzó a comprar películas y cómics y videojuegos con un riguroso (y algo limitante) afán completista, y así hasta hoy, mientras que yo he ido adquiriendo los productos que me han llamado la atención sin ningún orden específico, aunque con el conocimiento de que la cultura de compra me la inculcó él. Ahora cada uno vivimos nuestra vida por separado, claro, pero la relación que mantenemos sigue siendo bastante parecida a la de la infancia: nos centramos cada cual en lo que nos interesa y nos hace felices, y pasamos la mayor parte del tiempo sin saber uno del otro, jugando solos, pero tenemos la seguridad de que al otro lado del pasillo, al otro lado de la pantalla, a poco que insistamos, vamos a poder encontrarnos para intercambiar un gif, un vídeo, un comentario, una idea, o dilatar el tiempo de cualquier forma que queramos imaginar. El recuerdo compartido que se me presenta como más potente, en cualquier caso, es siempre uno recurrente que se repetía en todo viaje: el de estar los dos solos, sin hablar pero en el mismo instante, sentados en un banco.

Ah, el juego, sí. En Brothers: A Tale of Two Sons controlamos a dos hermanos, cada uno con un stick diferente del mismo mando, y eso está bien, porque aunque se manejen de forma individual, sabemos que la distancia que los une es mínima.

 

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