«Slender: The Camping» – Cómo pasar miedo en un MSX

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Slender: The Camping
2013
MSX
Pentacour

Anunciarles a estas alturas de la película que siguen apareciendo juegos homebrew para ordenadores/consolas obsoletas sería llamarles tontos a la cara. Deben ustedes conocer los casos, siempre se vitorean con nulo criterio evaluativo, todos molan, todos son la polla en bicicleta. Casi todos también son lo mismo, sin novedad lúdica, lentos como el caballo del malo, aburridos solo excusables por una mal entendida nostalgia. Y luego está Slender: The Camping, una cosa rara, así como indie que lo petaría entre ustedes si apareciera en Steam y necesitara actualizaciones de gigas.

En cierta manera Slender: The Camping es indie, está basado en la saga Slender: The Eight Pages de Parsec Productions, que se llevó a la saca el Golden Joystick Award al Juego Free To Play del Año en 2012, un juego de esos de miedito que quizá ustedes no conozcan porque es bastante americaninsqui, basado en la leyenda de Slenderman, un hombre del saco de la América profunda y que a nosotros, obviamente, nos pilla muy lejos.

El spin-off bastardo del que les hablo, Slender: The Camping, es una obra de Pentacour presentada en el MSXDev’13, un concursito de programación de juegos para ordenadores MSX de primera generación. No ganó, claro; tal vez no lo merecía, no lo sé, pero desde luego que destaca por su osadía al ofrecer un modo de entretenimiento contracorriente, una atrevida conceptualización de sabor añejo y, con perdón, paralela al mainstream, un survival horror game ochobitero que roza la angustia que ofrecieron en su día juegos como Friday 13th de AtariVCS o Averno de ZX Spectrum, inquietud obscura que ata con tiras de esparto el acto de jugar con la experiencia de juego en base a aquello tan olvidado y ahora risible: la imaginación como elemento primordial para pasarlo bien en términos de satisfacción global.

Pantalla en negro, solo interrumpida por el haz de luz de una abstracta linterna, vagando por un camping solitario en busca de unos folios nigrománticos y con el rumor de Slenderman detrás de la oreja, con el irracional canguelo de podértelo encontrar de bruces si andas confiado y bravucón, de iluminar al ser sin rostro y de brazos simiescos que no son más que un puñado de píxeles que son miedo puro, una sensación que, a su manera, también es supina diversión.

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