«Maverick Bird» – Abstracción en un mundo de aristas

Maverick Bird

Maverick Bird
2014
PC
Terry Cavanagh

Flappy Bird ya despertó complacencias y rabia cuando se situó como número uno en el mercado digital, por unos que decían que su adictiva sencillez era suficiente y por otros que calificaba su sencillez y adicción de insuficiente. Con el anuncio de su retirada en las respectivas tiendas móviles han venido más reflexiones y alegrías y tristezas sobre la propia industria (si preguntan a este, que un desarrollador se sienta –sinceramente o no– culpable por hacer un juego inane demasiado absorbe-vidas resulta esperanzador), y como en ocasiones pasa en internet, en un momento se montó una especie de homenaje-burla en forma de jam de creación de juegos inspirados en este del pájaro aleteador. De todos ellos se pueden sacar conclusiones, tanto de la industria de nuevo como del título concreto, pero si preguntan a este por lo que destaca (que ni ha jugado al original ni tiene interés en hacerlo), señalaría lo que Maverick Bird, la aproximación fan-game de Terry Cavanagh, nos cuenta y ayuda a comprender sobre Terry Cavanagh y sus juegos, o más particularmente sobre Super Hexagon.

Las similitudes primeras con el gran éxito de Cavanagh son evidentes y palpables: la música electrónica que se retuerce a cada partida, el serpenteo por colores lisérgicos, el minimalismo tanto en su estética poligonal como en su mecánica de dos dedos; pero no es hasta jugarlo, evidentemente, hasta interiorizarlo de manera profunda, que encontramos el resto de constantes paralelas: la música como metrónomo engañoso en su sincronía, los patrones a aprender en la aparente aleatoriedad, la identificación de «fases» que nos hacen perder la concentración y la partida con solo verlos asomar, la necesidad de la calma para la precisión, la dominación y superación de dichas «fases» como prueba de nuestra mejoría en el control (físico, psicológico) tras la comprensión casi matemática del diseño y el entendimiento de su lógica. La sinergia de todo lo anterior para conducirnos a un vacío astral, una falsa sensación de anticipación, que es un lago de consciencia.

Pero en sus semejanzas también se encuentran sus contraposiciones. Si Super Hexagon era un moverse hacia los lados en todas direcciones, en toda dimensión, Maverick Bird es un arriba y abajo siempre hacia adelante y siempre en el mismo sitio. El perfeccionamiento de este último, con mayor tiempo o voluntad, llevaría a una equivalencia de opuestos con su anterior título, pero las consecuencias de su origen dejan ver impurezas que nos llevan por un camino un poco más bacheado que aquel por el que nos deslizábamos y sumergíamos en Super Hexagon. Si por algo es Maverick Bird hijo de Terry Cavanagh, sin embargo, si por algo no dudamos ni un momento de su virtuosismo como artífice, es por su comprensión del minimalismo (musical, estético, mecánico) aplicado al videojuego que, alejado del falso minimalismo pixelado consistente en la repetición de tuberías en escenarios poco recargados, conduce a la abstracción narrativa en la que lo universal pierde sentido y todo empieza a ser sugerente. Si Flappy Bird era la heroína por su tasa de dependencia, Maverick Bird es el cánnabis por sus efectos psicoactivos.

 

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