«Blood Bowl: Legendary Edition» – Como un puño orco rompiendo una mesa

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Blood Bowl: Legendary Edition
2010
PC (versio´n comentada)
Cyanide Studio

Los juegos de miniaturas de Games Workshop, con Warhammer a la cabeza, siempre estuvieron más condenados al transplante virtual que sus primos lejanos, los juegos de rol de lápiz y dados. Al menos, en estos últimos el papel de la imaginación es difícilmente sustituible por una capa de gráficos superpuesta a un sistema de reglas. Pensemos, por ejemplo, en el ridículo de los LARPeros (que tan bien entendió Obsidian en South Park, al que no estáis jugando porque no tenéis remedio) o de aquella fiebre gótica noventera de jugar a Vampiro «en vivo», como si vestirse de Robert Smith prejubilada solventando combates con piedra-papel-chorreras sirviese para transmitir la sensación de ser un depredador humano.

El caso de Warhammer era más sencillo: la compañía de Ian Livingstone (la que tuvo antes de Eidos, quiero decir) no se complicaba la cabeza con historias. El lore, el sustrato narrativo, era poco más que morcilla metalera para convencer a un puñado de chavales de que sisasen el bolso de su madre para comprarse un ejército de ratas de plomo con las que jugar una mezcla de ajedrez y parchís. Posiblemente, ningún otro título entendió mejor esa síntesis de lo que es Warhammer que su rugby, Blood Bowl: simulador de un deporte que no existe entre criaturas mitológicas, que también funciona como Pac-Man táctico.

Blood Bowl, jugado en una mesa normal, consiste en desplazar figuritas al son de los dados y las reglas, intentando en todo momento recordar el conjunto de números que le dan sentido. En perseguir la diversión del juego a través de las interrupciones: ahora mover la ficha, ahora consultar la tabla equis, ahora tirar el dado. Un puñado de microinfartos de lo lúdico, de coágulos pretecnológicos entre el objetivo de Blood Bowl y la cojera comunicativa que impone su canal físico. Como videojuego, sin embargo, Blood Bowl puede permitirse descargar toda la gestión del reglamento a sus tripas calculadoras, dejar que los jugadores se encarguen de bucear en esa idea loca de orcos y elfos jugando una liga profesional en la que no hay frontera entre la lesión y el cementerio.

Lo curioso es que Cyanide (unos exUbisoft a los que Games Workshop había demandado previamente por Chaos League, simulador de Blood Bowl sin licencia) apenas consiguió entregar un producto correcto: desvaído en lo gráfico, completamente imbécil en cuanto a su interfaz de usuario, repleto de malas decisiones, su transplante digital parece empeñado en crear nuevos obstáculos. Y ni con ésas consigue evitar la sensación de que no serán las impresoras 3D las que maten a Games Workshop (que ojalá, porque la empresa actual tiene uno de los modelos más abusivos del ocio actual), sino cada juego digital que, desde Shadow of the Horned Rat, demuestra las limitaciones de cualquier juego de mesa analógico.

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