«Driver: San Francisco» – Conduciendo por deporte

Easy Driver

Driver: San Francisco
2009
PC, Mac, Xbox 360, Wii, PS3 (versión comentada)
Ubisoft Reflections

Siempre consideré la canción de The Heavy How You Like Me Now una declaración de intenciones por parte los británicos Reflections, el estudio desarrollador (no en vano forma parte de una banda sonora que no te la acabas de lo buena que es) de Driver: San Francisco. Un juego que no las tuvo todas consigo en su estreno, debido tanto al bagaje que arrastraba como a una cadena de retrasos que, pese a resultar la mejor de las decisiones, acabó empañando la imagen final. Pero el juego sale indemne. Casi siempre.

Nos plantan en la ciudad donde nunca llueve y el resto es cosa nuestra. Misiones de índole técnica, un multijugador prolífico, cientos de coleccionables y un buen puñado de coches licenciados dispuestos para nuestro diógenes digital, hibridando entre lo mejor de Burnout Paradise y algunos elementos de la saga Midnight Club (y para quienes que se quejan por conducir y leer subtítulos a la vez, el juego solventa de un plumazo el asunto, contextualizando la acción durante unos breves segundos de diálogo, que no llegan a entorpecer el ritmo pero son suficientes para entender nuestro trabajo). Por desgracia, el casi del que os hablaba es un recurso torpe para dilatar la estructura argumental, obligándonos a completar misiones secundarias (que siempre tienen algo que decir).

En su fuero interno, se debate entre contar la historia y ser el juego de coches definitivo. La narración mediante capítulos nos retrotrae a seriales policiacos de los setenta (El Fugitivo, Kojak, Ironside…). Ubisoft no quiere que nos perdamos nada. Ha estructurado un guión y se ha esmerado en matices mirando a la cara a outlaws imperecederos y diseñando una trama de corrupción y droga con tintes de Robin Moore y San Francisco bullendo alquitrán, grano y humo seco. El coche es una extensión del conductor y aquí el juego solventa el trámite de robar vehículos pudiendo saltar de uno a otro sin cortapisas. La pareja que conforman Jones, una suerte de Shaft encarnado por Richard Roundtree, y Tanner, nuestro desmemoriado protagonista (que tanto estética como argumentalmente recuerda al Sam Tayler de Life on Mars), funciona en pantalla incluso cuando la narración se desboca de cifi, con cuervos de mal augurio y ansiedades post-11 S sin mucha justificación.

Conducir, conducir y conducir. Ahí está todo. En mitad de una persecución policial, pulsando R1/RB, rotamos entre compañeros, convirtiendo las carreras en frenéticas batallas campales por la supervivencia. No hay una carrera que se sienta aburrida. El juego no regala nada, es un arcade exigente y meticuloso: los takedowns no están automatizados, debemos provocarlos manteniéndonos a rebufo del contrincante y cuidando nuestra barra de habilidad. Todo regado con unos estables 60 fps y con la libertad de saltar de un punto a otro del mapa mediante ese Google Earth tan imitado a posteriori. Driver¡ apela a un tiempo cínico y cansado y le mete el desfibrilador. Las autopistas son venas superpobladas, furious roads alimentadas con la cinefagia de sus creadores (vuelve el Director de Cine heredado de Driv3r, vuelven los filtros UV) y la ciudad convence como patio de recreo. Driver: San Francisco recurre en último término al final boss como colofón extraño, pero ni siquiera necesita de esto; por sí solo cumple el cometido genético de cualquier juego: molar.

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