«The Cat Lady» – Arrástrame al infierno

Loca Gatos

The Cat Lady
2012
PC
Harvester Games

Hacia el final de aquella libertina adaptación de Picnic al borde del camino, Tarkovski habló sobre la felicidad y el amor a través de un monólogo donde un personaje dirigía el discurso de manera explícita al espectador y señalaba que, efectivamente, el matiz estaba en la fe y no en el amor propio. En The Cat Lady, el polaco Remi Michalski anula toda emoción, infectando de hedor depresivo cada habitáculo, para acabar rendido ante una idéntica solución pero a través del suicidio —¿otra forma de sacrificio?— como método catártico.

La comparación con Stalker no es baladí. Tanto plástica como ambientalmente, The Cat Lady flirtea con cambios de blanco-negro a color, nos hunde en escenarios similares a los páramos soviéticos pre-catástrofe atómica y ningún diálogo está exento de cierto lirismo profético, transformando por el camino la percepción que tenemos del tiempo y el espacio —el jugador asume la obligatoriedad de andar, frente a los point-and-click de toda la vida que delimitaban la investigación a pasear el puntero del ratón por cada rincón del escenario—. Como juego apenas puede considerarse tal, más cercano a las visuals novels de viejo cuño, pero como narración, Michalski firma uno de los guiones mejor escritos en la historia del medio, apoyado en un soberbio voice acting y una banda sonora compuesta por su hermano que por sí sola justifica su existencia.

Susan, la protagonista, no se trata como un avatar frágil para ensamblar la personalidad del jugador; ella odia las flores y adora el silencio, no encuentra placer en compañía ajena pero en varias ocasiones percibe que alguien la mira, la conduce, y se replantea su concepción del libre albedrío. Poco a poco van entrando nuevos personajes, nos familiarizamos con la jerga médica y cuanto más seguros estamos de nuestro destino, más nos alejan de el. Aquí el juego se las arregla para señalarnos a todos, uno a uno, y sabe sacar de cada jugador un pedazo de nuestro subconsciente: todos somos Susan Ashworth en algún momento. Y aunque negrísimo, los homenajes a Maniac Mansion revisando algunos escenarios en clave gore, desencadenan un chiste bastante explícito: los que no son como Susan, son todos los demás, psicópatas dignos de ser crucificados.

Cada cierto tiempo, un juego sirve de paradigma para el resto. Nadie lo decide, sucede sin más. En Braid se anulaba el tropo de la muerte en la ecuación mecánica y en éste, la muerte es la esencia misma del juego: para poder avanzar hay que morir, reiteradas veces, y convertir cada renacimiento en una nueva transformación de Susan hacia su forma final (habiendo varios finales, desde el clásico happy ending que no lo es tanto pero exhala esperanza y buenas intenciones, canónicos desenlaces lacrimógenos, hasta un cierre deudor de la mitología de Clive Barker, ya se imaginan el resultado). Y re-andando lo andando con su debut —Downfall, 2009—, Michalski llega a un punto de no retorno, a un abismo donde, al igual que Jonathan Blow, no cabe nada más, acaso el autoplagio. The Cat Lady es una obra total, un lienzo a caballo entre Hopper y Rembrandt, donde su musa yace enferma o muerta y fría como declamara Yeats, y que engulle al jugador con interrogatorios y torturas deliciosas para el fan medio de James Wan, simplemente por recordarnos lo jodido del amor y la compañía.

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