«ChuChu Rocket» – Microprocesos de nuestro tiempo

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ChuChu Rocket
1999
Sonic Team
Dreamcast, GBA, iOS, Android

Primero, como tragedia. Los ChuChu están en peligro y deben huir de su planeta de adopción, coger un cohete y evitar los problemas coyunturales de una tierra que en el pasado había resultado ser un lugar idóneo para vivir. «¿Estamos entonces ante una sesuda metáfora sobre la crisis económica?» —podría preguntar un lector despistado que no se parara a pensar en la cantidad de recursos que deben tener los protagonistas para fletar decenas de naves espaciales sin esfuerzo; no, es dudoso: los ataques de los KapuKapus se han redoblado, hasta el punto de rozar la limpieza étnica, y es conveniente huir del lugar que en algún momento llamaron hogar. Después, como farsa. Aunque parezca una gran historia de ciencia ficción sobre los regímenes totalitarios y sus consecuencias, la realidad tras el juego es mucho más prosaica: los ChuChu son ratones, los KapuKapus gatos y las naves espaciales, como ya hemos dicho, nada más que cohetes hacia ninguna parte. Porque no se puede huir de la naturaleza del conflicto, o del juego.

La premisa de ChuChu Rocket es desconcertante, o al menos digna de parvulario, en la misma medida que densas son sus mecánicas: tenemos siempre un grupo de ChuChu que echan a correr en línea recta hacia la pared más cercana y, al chocar contra ella, giran hacia la derecha para seguir corriendo. Nada más sencillo que eso. ¿Cómo guiarlos para que lleguen hasta sus cohetes y eviten la muerte a manos de los gatos? Guiándolos con flechas que les indiquen que camino deben seguir, convirtiendo una literal carrera de ratas —como un laberinto donde la victoria es imposible porque acabar sólo implica la satisfacción de hacerlo, porque siempre queda volver a empezar; una metáfora del trabajo asalariado en el capitalismo tardío, en cualquier caso—, nos encontramos con un puzzle adictivo cuya complejidad radica, precisamente, en las limitaciones que se autoimpone el propio juego. Ya sea en el modo puzzle, donde tenemos limitados los indicadores de movimiento para los ratones, el modo challenge, donde estamos limitados por el tiempo, o el modo batalla, donde nos enfrentamos contra otros tres individuos pretendiendo hacerse con la mayor cantidad de ChuChus para sus cohetes, su densidad radica en la necesidad de saber adelantarnos a todas las posibles combinaciones que pueden acabar frustrando nuestros planes.

Sencillo y efectivo, la potencia de ChuChu Rocket radica en su explícita infinitud: con una obscena cantidad de escenarios creados por otros jugadores, pudiendo asumir retos hasta aburrirnos o morir en el intento, y la posibilidad de jugar online, donde las reglas van cambiando de forma aleatoria durante la partida, el juego se torna virtualmente inabarcable. Tanto lo es que puede resultar excesivo. Es el juego perfecto para matar diez o veinte minutos, para esperar el autobús o hacer un descanso de hacer otras cosas; es el timekiller definitivo, un puzzle rápido y furioso incapaz de dejar indiferente a nadie.

Irónicamente, la forma perfecta de evasión con respecto de las tediosas formas de la vida moderna se basa en imitar las tediosas formas de la vida moderna. Procesos rápidos, de corta duración, que debemos repetir una y otra vez con mínimas variaciones. El máximo logro del Sonic Team es haber conseguido hacer un juego para desconectar, para matar los ratos libres, donde lo único que hagamos es repetir las constantes lógicas de todo aquello de lo que queremos desconectar cuando nos acercamos a un videojuego; no es Office Simulator, el aún por crear juego definitivo donde realizar ocho tediosas horas de trabajo (¡más horas extras!) en cada partida sin posibilidad de guardado, pero se le acerca peligrosamente. ¿Cómo entender si no que, cuando no se están haciendo gestos repetitivos y superfluos, los jugadores puedan crear retos específicos que los demás puedan emprender? El juego está diseñado para autoperpetuarse a través de los actos de los jugadores, de su propio trabajo, edificando todo su sentido en unas constantes repetitivas que crean una adicción delirante.

ChuChu Rocket ha cogido lo peor de la sociedad contemporánea, los microprocesos repetitivos del trabajo en cadena, y los ha trasplantado a un envoltorio kawaii capaz de crear una adicción mayor que la heroína, todo ello mucho antes de que nuestros padres descubrieran la fórmula alquímica de la adicción a través de Farmville o Candy Crush. Y, al menos, aquí se nos pedía trabajo para ayudar a los demás adictos como nosotros, no micropagos para desbloquear el trabajo que ya se había hecho.

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