«The Denpa Men 3: The Rise of Digitoll» –

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The Denpa Men 3: The Rise of Digitoll
Genius Sonority
Nintendo 3DS
2014

Llevaba años sin pisar la feria de mi ciudad. Me cansé de hacer siempre lo mismo año tras año, de ver las mismas atracciones cada vez más descascarilladas por el tiempo (y las urgencias de las cargas, descargas y ensamblajes de los señores feriantes) y con un mayor número de bombillas fundidas. Dejé de encontrar interés y recompensa suficiente en el acto de emborracharme en las mismas casetas de siempre y evitar los enfrentamientos aleatorios con aquellas otras algo menos amigables con respecto a mi concepto de diversión y de buen tono en general. Es normal que el gusto se tuerza, bien con el simple paso de los años, bien con las alternativas que dicho transcurrir de tiempo te planta en bandeja, inéditas hasta entonces pero de repente apetecibles. Dejas de hacer cosas porque encuentras otras que te apetecen más, porque las que hacías antes te parecen ahora pueriles y vulgares, o simplemente porque te resultan más cómodas. Esto puede extrapolarse perfectamente al acto de jugar a The Denpa Men 3: The Rise of Digitoll. Basta echar una rápida ojeada al juego de Genius Sonority para darte cuenta de que preferirías estar jugando a cualquier otra cosa antes que perder el tiempo en esta vasta, hortera, ruidosa, estrafalaria, inconexa y colorida amalgama de elementos JRPG, pokemonianos y de gestión al estilo Animal Crossing que se esfuerza por mezclar lo viejo y lo nuevo, con dudosos resultados. Exactamente lo mismo que podría decirse de cualquier feria de provincias.

Hay, sin embargo, una cierta dignidad resignada en cada acto de reconciliación. La resignación del que reconcilia, la dignidad del objeto reconciliado. Algo así como lo que me ha ocurrido con la feria de mi ciudad y con el mencionado título, este verano. Un poco por obligación acudí a ambas celebraciones de la tradición y la horterez: la real y la digitoll (jojojo), y un poco a regañadientes y pese a seguir reprobando cosas, primero muy fuerte y luego ya más flojito, con menos convicción, acabé disfrutando de una y otra con franco desenfreno. El redescubrimiento de esa dignidad rotunda que emana del que tiene poco que ofrecer y además lo que ofrece chirría y es caduco pero sin embargo lo hace a bocajarro y con honestidad –esto es lo que tengo, por favor pásatelo bien– me indujo a un estado de resignación complacida, ebria, un poco estúpida y tremendamente reconfortante, liberadora.

A veces las torpezas de planteamiento, ciertas arquitecturas abruptas, el batiburrillo barato y ese tufillo de lo banal nos disuaden de bajarnos del trono para pasear un rato entre la muchedumbre y el provincianismo. Pero está bien recordar que comerse una patata asada y luego un gofre con chocolate, tomar dieciocho chatos de vino, subir en el Top Gun, vomitar, y seguir bebiendo copas hasta perder la cuenta, la compostura y, de nuevo, la dignidad, es igual de divertido que combatir hasta la náusea con enemigos de aparición aleatoria, coleccionar bichos, personalizar tu casa o cultivar tu huerto.

https://www.youtube.com/watch?v=0PcOTQMpinc

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