«Far Cry 4» – Social Justice Warrior

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Far Cry 4
2014
PC, PS4 (versión comentada), PS3, Xbox 360, Xbox One
Ubisoft, Ubisoft Montreal y otros

Far Cry es una saga extraña, porque no lo es. Cada secuela no tiene mayor hilo conductor que el turismo de pólvora: un tipo, un puñado de armas, horizontes imponentes, una IA amiga de espacios abiertos y hacerte la puñeta entre varios, un puñado de mecánicas a cada cual más deliciosa y un envoltorio mainstream. La salida de Crytek, creadores del original, llevó a Ubisoft a una deriva de adaptaciones a consola y derivados de la primera entrega que no iban, no podían ir, a ninguna parte: el primer Far Cry era una demo técnica del CryEngine (como lo son todos los juegos del estudio), un juego que vestía una tecnología venida del mañana, que exprimía cada PC hasta hacerles soltar la palabra de seguridad entre quejidos. El juego se perdía con un giro argumental a lo Doctor Moreau en su segunda mitad, pero hasta ese momento era impecable. Todo lo que no fue Crysis.

Por eso Far Cry 2 fue tan impresionante. Dejando a un lado que ningún juego, ni siquiera sus sucesores, ha sabido emplear tan bien nuestra primera superarma -el fuego, el láser primigenio del hombre cavernario-, rebozar la saga por el barro infestado de malaria y óxido de la África destrozada por el poscolonialismo hizo que le perdonásemos ciertos bajones de ritmo. Far Cry 2 olía a sobaco de estibador y campamento de refugiados, te ponía el sabor de la sangre en la boca, y sólo necesitaba un pequeño empujón para que el público abriese los ojos.

El empujón fue Far Cry 3, un viaje a la locura, las drogas, y lo que hay debajo del barniz de la civilización, con un protagonista que pasa de pijo surfero californiano a máquina de matar siguiendo al gato cheshire Vaas Montenegro, un villano tan carismático que abría la carátula sumergiendo al protagonista por una madriguera. Con mecánicas a tope que cogían los logros de los dos primeros y lo llevaban a ser el pegatiros que necesitaba nuestra época: uno en el que puedes planear con un wingsuit, ponerte paleo con el culo de los malos a flechazos y, mucho más importante, liarte a cuchilladas traperas con tiburones. En su elemento.

Far Cry 3 nos dejó dos hijos. El primero es la broma excelsa de Blood Dragon, un homenaje a una generación de niños que no chuparon teta, sino estanterías de videoclub de la Cannon y estridentes juegos de 8-bit. Cada frase es un one-liner, cada momento una revisión bufa del action hero futurista. Y tiene neones, láser y dragones. A veces, todo a la vez.

El segundo es Far Cry 4.

La cuarta entrega huele a encorbatados: es un juego inofensivo, que preserva todo lo objetivamente bueno del original. Incluso repite el estilo de portada y el malo carismático (que, a su manera, lo es. Y mucho). Es decir, lo que la gente de los Excel piensa que es bueno y ayuda a vender, cuando la realidad es que Ubi pasó de puntillas sobre Far Cry 3 -para qué, si tenían otro Assassin’s Creed, una saga en la que puedes meter una loncha de pavo dentro de la caja y vender 12 millones de copias- y el juego sorprendió a todo el mundo vendiendo lo que no está escrito. Far Cry 3 era sorprendentemente incómodo: un blanquito se dedicaba a matar indígenas polinesios, drogarse muy fuerte, ser violado en primera persona y poner orden como embajador de lo occidental: dejando una pila de muertos.

Ésa es una interpretación. La otra es todavía más cazurra: Jason Brody es una mesías de la muerte, que renace simbólicamente en cierta parte del título, hasta el punto de despreciar California, su rubia en peligro, y todo lo que le ataba a nuestro mundo para convertirse en heraldo del machete y la sangre. Es el Estela Plateada de cortar chorizo de cuerpos que todavía respiran.

Y Far Cry 4 intentó ser correcto, quizás por su naturaleza concienciada con el reciclaje. Es injusto echarle la culpa a Alex Hutchinson (aunque en mi cabeza lo hago igualmente), el director creativo del infame Assassin’s Creed 3, pero también de Army of Two. Far Cry 4 intenta ser tan correcto, de hecho, que plantea los Conflictos en el Ojete del Mundo en los que se convirtió la saga desde la primera secuela con un buenro bordeando el #StopKony. El protagonista ahora es de la misma etnia que sus víctimas, tiene un lío familiar de pelotas y descubre que sus idealizados padres eran tan falibles como tú y como yo, pero con armas de fuego. Y, pese a lo que voy a soltar ahora, es lo mejor de la parte narrativa del juego: es fiel a su gancho de apertura todo el rato. Estás en el follón porque vas a soltar las cenizas de tu madre en su tierra natal, y el resto del argumento es la consecuencia de eso.

Pero el resto, lo de liderar una rebelión mientras tomas decisiones extremas de esas de hacer pensar, un poco rojillas, un poco rastas, un poco educativas sobre lo mal que está todo, Mari… El resto se queda corto. Aparecen problemas de género, de la economía en los países pobres, de los derechos humanos y las religiones y las dictaduras. ¡En un juego de matar gente! Es supertransgresor, tía.

Lo sería si no pasase de puntillas sobre todo eso, allí donde Far Cry 3 lo hacía con unas Martens de puntera de acero sobre cráneos echados en una fosa común. La ilusión de elegir e intervenir en el desarrollo de la historia, ésa que tanto le gustaba a Ken Levine con los Bioshock, no podría ser más plana. Todo huele un poco a blandito, a precocinado de los que ponen en la etiqueta que sabe a comida de mamá y CASI. Ojo, el juego es glorioso, porque los Far Cry son gloriosos y es difícil estropearlo si sigues la fórmula: esto es otra campaña con los medios de la tercera entrega, y ya. Pero eso: ahora hay alucinaciones místicas con Shangri-La y un par de Porreros Muy Divertidos -porque lo dice el guión-, mientras te cepillas gente en viajes lisérgicos a ritmo de Bollywood, mientras que en el anterior aparecía la paranoia que cualquiera que haya tomado un psicotrópico conoce de primera mano. En general, ésa es la diferencia: Far Cry 3 parecía todo el rato que sabía de lo que hablaba, incluso en los aspectos más chungos, mientras que Far Cry 4 se parece a esa gente que habla muy fuerte en las asambleas sobre los problemas del Tercer Mundo, pero lo más lejos que han llegado es a Marruecos.

Que no hay problema: hay botón para saltarse todo el blablablá, y el juego se disfruta -pese a unos tiempos de carga un tanto incómodos- porque un juego de tiros sólo tiene que hacer bien una cosa. Y lo de matar gente que quiere matarte a ti, Far Cry 4 lo hace tan bien como su predecesor.

Además, puedes enfrentarte a la criatura más peligrosa del planeta. Y le importa una mierda que lo hagas:

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