«Lifeless Planet» – Astronautas en la Tierra Media

Lifeless-Planet

Lifeless Planet: Premier Edition
2015
Xbox One (versión comentada), PC, Mac
Stage 2 Studio

Al viejo debate sobre si una obra debe ser criticada inmediatamente después de su lanzamiento —o incluso antes, el caso es criticar—, le salen aristas como la de este capricho de David Board: nacido en septiembre de 2011, mucho ha llovido en forma de billetes sobre Stage 2 Studio y, mientras tanto, el juego no ha dejado de mejorar, aumentar, corregirse. ¿Cómo lo hacemos entonces, nos esperamos o «this isn’t even my final form?».

Lifeless Planet comenzó como una pejiguera en Kickstarter que, tras casi doblar su meta de financiación, pasó a ser promesa en Steam y, desde ahí, escalar posiciones hasta llamar la atención del programa indie ID@Xbox de Microsoft y recibir sus segundos de gloria en el siempre panfletario E3 de Los Angeles. Su pequeño proyecto con estética de cuarta generación mantiene intactas las ramplonas animaciones —pese a sustanciales mejoras—, un control tosco y ese ánimo por verbalizar hasta la extenuación con subrayados como «he visto cómo un planeta lleno de vida se convertía en una roca», o «no sé cuál ha sido mi parte de responsabilidad en esta catástrofe» y varios renglones más abajo «¡soy el culpable de todo esto!». En riguroso ruso. Lifeless Planet conserva además un sistema de físicas torpe que obliga en algún momento a dar pasos atrás sobre el último guardado y, pese a la escala del escenario, una obsesión por guiarnos por un camino de baldosas verdes que casi nunca se esfuerza en disimular y un caprichoso sentido de la necesidad de oxígeno y jetpack que, otra vez, dispara con la aleatoriedad de una set piece de laboratorio.

Y, sin embargo, Lifeless Planet es un buen videojuego. Porque, detrás de esa pátina sci-fi de bajo presupuesto y Rich Douglas acomodado a golpe de samples y sin un puñetero leitmotiv musical, se esconde el enésimo viaje iniciático relatado con una magnífica economía de recursos. En realidad aquí hay poco de ciencia ficción. Esto es pura fantasía épica. Quitando el ilusionismo hogareño marca de Stanislaw Lem, el tonteo con la desértica Arrakis de Frank Herbert o ese tropo convertido en franquicia que es Stargate, nos queda un viaje, un buen viaje orográfico, aunque sin la poesía de Ray Bradbury ni la metafísica de Arthur C. Clarke. Un viaje con postales como la del Monte del Destino o la entrada a Fangorn, el bosque de los Ents. El perenne musgo, una suerte de fuego verde valyrio que alimenta los portales dimensionales, recuerda a nuestros ositos de agua o tardígrados, seres que permanecen en letargo y vuelven a la actividad cuando otra forma de vida entra en contacto con ellos. Este no es un planeta sin vida, al contrario, es un ecosistema vívido que remite a leyendas élficas y reencarnaciones por encima de la física y la química.

Este Marte Rojo, que tampoco lo es, recuerda no pocas veces a nuestra Tierra antes de ser una colmena de edificios aguja y enjambre de soldados clónicos. A veces parece que estemos tan cerca de casa que intuimos cómo todo puede repetirse una vez, y otra vez, y otra. Ascender por laderas estériles y colinas con ojos es como escalar atalayas; convive una cierta mitología fantástica en todo esto, sobretodo en el citado ‘Bosque Muerto’, el sempiterno símbolo de un pasado próspero y estable que ha sido erradicado por el virus de nuestra raza, un virus, como diría el agente Smith en Matrix, que no puede convivir nunca con especies superiores, acaso varios peldaños por debajo en la pirámide trófica.

Pese a insinuar una ruptura similar a la de El planeta de los simios, nunca deja de ser la enésima reformulación de cómo una civilización pacífica y evolucionadísima enferma por culpa de los soviéticos en su afán por progresar y ser algo más que unos eternos segundones, sembrando al final devastación —sin necesidad de disparar ni una bala— por pura accidentalidad, no vaya a ser que se nos revuelva algún Zar desde su tumba. Fuera de las huellas narrativas, de ese perseguir a una tal Aelita que recuerda más a Golllum que a cualquier Terra maternal, Lifeless Planet se despereza como un videojuego hábil. Hay plataformeo agradable, hay un puñado de puzles facilones y hay ideas llevadas a cabo con fortuna dispar. En lo mecánico comparte mimbres con juegos que dejaron de hacerse hace dos décadas; en lo ambiental bien podría darse la mano con Waking Mars, Affordable Space Adventures o The Swapper.

Creo que Lifeless Planet hace de la repetición su virtud. ¿Esperaríamos mayor variedad en un planeta inhabitado? A David Board le cuesta diseñar monstruos o discursos elocuentes sobre la culpa teñidos de propaganda ambientalista, pero se recrea en un virtuoso motor de iluminación y una obsesión por la soledad más desapasionada. Nuestro único acicate ni siquiera habla el mismo idioma. Board esboza vagamente su versión de los mimoides y las simetríadas y prefiere cuidar el incontestable espanto que provoca el hierro oxidado o la sobria arquitectura extraterrestre. Uno nunca se cree que nuestro astronauta, primo hermano de un Small Soldier, tenga una vida más allá de este planeta. Y ese quizá sea su mayor logro, mantenido intacto desde la versión de PC: la realidad es un desierto y nosotros un grano de arena existiendo al margen. Que, no nos olvidemos, el sueño del progreso provoca monstruos.

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