«Capitán América: Supersoldado» – Sucker Punch

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Capitán América: supersoldado
PS3 (versión comentada), Xbox 360
Next Level Games
2011

En la portada del tebeo donde hacía su primera aparición, el Capitán América asalta el bunker en el que Hitler planifica la invasión de Estados Unidos para atizarle un soplamocos de esos que aún te escuecen cuando tienes noventa años. Que bueno, pues lo normal, ¿no? A estas alturas hemos visto a Hitler morir tantas veces y de formas tan grotescas en cine, literatura y videojuegos que es como si el que más y el que menos todo el mundo le hubiera partido un par de veces su fea cara de führer. Pero en 1940, cuando se publicó, aún quedaba un buen trecho para el ataque a Pearl Harbor y Estados Unidos era una nación neutral en la que políticos, empresarios y gran parte de la población rasa mostraba en público simpatía por la causa nazi sin que nadie levantara una ceja. Vale que el tebeo vendió lo que no estaba escrito.  Pero hay que recordar también que a Simon y a Kirby, factotums del Capitán, les tuvo que poner protección el mismísimo alcalde de Nueva York Fiorello La Guardia cuando las amenazas y los paquetes que hacen tic-tac empezaban a hacer isla.

El Capitán América no era un héroe especialmente original. Robaba de otros personajes de la época y se subía sin la menor vergüenza al carro de moda (los superhéroes) aunque probablemente no fueran el mejor vehículo para las historias que iba a protagonizar. Pero me gusta pensar que si cuajó fue porque fue concebido por un par de críos con talento que le echaron valor cuando los nazis no eran todavía una referencia cultural bufa, y eso de alguna manera está en el tebeo. Un alegato político en veintipico páginas. Un sermón pop y rabioso  con puñetazos a presidentes de potencias extranjeras y colores de puntitos.

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Los hombres que criaron a los videojuegos: una adolescencia difícil

91

Este artículo incluye spoilers de Little inferno y Spec Ops: the line.
Nada demasiado grave, pero si no los has probado son interesantes a pesar de sus pegas.
Juégalos ahora, que te esperamos.

Los videojuegos son un medio joven, puede que hayas oído decir esto antes. Y al personalizar de esta manera es fácil imaginarlo a continuación como un niño en desarrollo, un chaval sanote y talentoso, algo travieso y con tendencia a dejarnos en ridículo delante de las visitas, pero al que resulta fácil perdonar principalmente porque jugadores, desarrolladores, prensa, distribuidores… todos nos sentimos a la vez un poco padres de la criatura. Especialmente cuando da un estirón notable, o el día que vuelve del cole con un 9,8 sobre diez en la mano (esas notas numéricas, ya desde tan chico…) Entonces presumimos ante los amigos orgullosos, les hacemos hervir de envidia y vergüenza por conformarse con hijos tan evidentemente mediocres (en nuestra metáfora, quizás por tener un sistema diferente, con otras exclusividades claramente chusteras). Es nuestro hijo, o nuestra consola, o nuestra visión del género el que va a crecer para ir a la universidad y hacerse médico un día. Tú dale tiempo.

La verdad, disfrutamos viendo crecer sano a nuestro “medio joven”, y esto es así porque, en esto que llamamos el mundillo de los videojuegos, todos los actores (jugadores, desarrolladores, prensa, distribuidores) damos por sentado que cada triunfo que consigue el chaval se logra por algo que solo puede haber aprendido de nosotros. Es en estos momentos de recapitulación y expectativa ante el futuro que se da en los cambios de generación cuando mejor se nota este extraño síndrome de la paternidad múltiple: todos estamos convencidos de que la criatura ha heredado nuestros ojos. Los desarrolladores se saben padres por haber generado un concepto revolucionario, un hardware que lo cambiará todo, un título en el que nadie ha pensado antes pero al que dentro de nada estaremos deseando jugar; la prensa también un poco, por hacerlo visible ante el público y evitar que pase desapercibido entre la maraña de lanzamientos genéricos; los jugadores y distribuidoras por regular y abonar un mercado que facilita que un solo producto en el momento adecuado cambie para siempre la faz del medio.

En definitiva, que entre todos lo nacimos y él solito se parió.

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