«Beyond: dos almas» – Crítica

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Beyond: dos almas
Quantic dream
PlayStation3. 2013

Reconozcamos que hasta Fahrenheit la posible fusión de cine y videojuegos nos daba a todos un poco igual, quizás porque lo veíamos como un horizonte aún lejano, quizás porque los intentos previos habían sido tan variados y tan chapuceros que apenas quedaba nadie con fe suficiente como para esperar algo mejor. Pero fue lanzarse Heavy Rain y que público y crítica se polarizasen inmediatamente en dos grupos desde entonces en guerra eterna: quienes creían que semejante unión era un sacrilegio contra los pilares de todo lo que es lúdico… y quienes creían que aquello podría abrir un camino interesante para los dos medios. Dicho de otro modo, quienes se rasgaron las vestiduras y quienes creyeron que, bah, podía estar bien. Solo en el mundo de los videojuegos se podría crear polémica a partir de semejante debate, pero ahí hemos estado tres añazos discutiendo en foros de internet, en barras de bar, en cenas familiares encarnizadas, en los comentarios de cualquier página que se hiciera hueco de las declaraciones de David Cage (y las ha tenido de todos los colores, desde las mesiánicas a las relativamente humildes pasando por las medio avergonzadas/medio vergonzantes).

De alguna manera todas estas refriegas de chichinabo se cerraban en falso a la espera de ver qué más ponía Quantic Dream sobre la mesa para apuntalar esa nueva forma de hacer videojuegos, y aunque por el camino ha habido quien encuentre vías interesantes para sacar partido a este difícil maridaje (Telltale el más famoso, pero no el único), parecía que la cosa tendría que seguir en punto muerto hasta por lo menos el lanzamiento de Beyond.

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