«Don’t Starve» – Góticos al campo

Don’t Starve
PC, PlayStation 4
Klei Entertainment
2013

Es bonito sobrevivir en los Sims. Es fantástico levantarte por la mañana en tu pocilga de veinte metros cuadrados y tu basura rezumante mientras te duchas justo a tiempo para ir a trabajar. Aún eres el chico de los cafés del más poderoso (¿el único?) medio de comunicación de Simlandia, pero sabes que si haces las cosas bien terminarás por hacerte un hueco en la empresa. Quién sabe, si te esfuerzas el día de mañana podrás cumplir tu sueño de ser un reportero estrella. Llegas a casa, picoteas algo que sacas de la nevera y que estaba a punto de ponerse malo y aún te sobra tiempo para mejorar tus habilidades como escritor en tu barato ordenador de sobremesa. A la noche puedes tomarte una copa con Brenda. Qué demonios, estás tan animado que decides comprarte un sofá nuevo, que se materializa al instante, y hace de tu salón un lugar un poquito (+1 de ambiente) más estiloso y de tu vida un lugar mejor. Estás empezando, apenas tienes tres mil simoleons en la cuenta, pero confías en ti mismo. En realidad no es un acto de fe, es la constatación de unas reglas que, en el entorno en el que te mueves, son rígidas e inmutables. Porque sabes que, como eres bueno, sobrevivirás en esta difícil civilización del siglo XXI. Si el Wilson de Don’t Starve pudiese mirar por una pequeña ventanita las vidas de los ciudadanos de este juego lo más probable es que sintiese ganas de suicidarse. Pero no lo haría, porque de esa manera perdería sus troncos de árbol, sus pajas y flores, su queridísima hacha de madera y piedra y algún que otro invento más que con tantísimo sudor de su mente preocupaneemente enferma le ha costado construir. Pero lo mejor es no entretenerse, va a anochecer en breves y no podemos dejar que vuelva a pillarnos una de aquellas arañas. O lo perderemos todo.

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