«Virtua Fighter 5: Final Showdown» – Crítica

Virtua Fighter 5: Final Showdown
Sega-AM2
Xbox Live Arcade (versión comentada), PlayStation Network

Hubo un momento en la historia de la Gran Vía madrileña en el que se podía ver gente bailando enloquecida a ritmo de jungle y J-Pop a cien pesetas la partida, acribillando zombis a tiro limpio o esperando turno para medirse la hombría con chandaleros en los subterráneos. Para alguien de provincias como servidor, ese caluroso paraíso de volantes, palancas y ametralladoras de plástico era un continuo escaparate donde probar cada nuevo King Of Fighters, cada Tekken, cada nuevo simulador de conducción como nunca habría imaginado antes. De entre todas estas maravillas, el lugar de honor pertenecía a las cabinas de Sega, las de pantallón, asiento y stick de bola, como tenía que ser, y a ellas les correspondería darme uno de mis recuerdos jugables más vívidos como espectador. En más de una ocasión perdí la tarde mirando a los maníacos del DDR bailar hasta el paroxismo, pero nunca me quedé tan patidifuso como cuando vi a aquel tipo del chaleco de camuflaje dar una clase magistral de Virtua Fighter 4 durante media hora. En sus manos, Lei Fei era poesía en movimiento, una perfecta fusión de técnica e instinto, un ejemplo de que este durísimo simulador de combate podía ser algo fluido, elegante y bello, como todo lo que tocaba AM2. Caray, cómo quería ser la mitad de bueno que aquel tipo.

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«Rhythm Thief y el misterio del emperador» – Crítica

Rhythm Thief y el misterio del emperador
SEGA
Nintendo 3DS

Desde siempre me han gustado las películas musicales, y como disfruto muchísimo de las conversaciones difíciles que se resuelven con coreografías imposibles, de los números finales y (qué coño) del despliegue injustificado de lentejuelas y esmóquines, me sorprendo de la cantidad de veces que me encuentro con gente a la que le aburren, o que incluso echa de menos argumentos trabados, desarrollo en los personajes… realismo en escenas donde un desfile de majorettes y un coro de piratas pueden acompañar a la declaración de amor sin que los protagonistas tuerzan el gesto por la sorpresa. Es muy difícil explicar esto sin parecer condescendiente, pero al final es todo cuestión de lenguajes. Parece de cajón que hay géneros donde trama y contexto no son más que excusas para llevar la acción del punto A al punto B, y que en el musical en concreto la progresión de los actos se tiene que notar antes que nada en la escala de los números; la interpretación no pasa por la capacidad del actor para poner morritos sino en su talento para el meneo coordinado. La coherencia narrativa (cuando la haya) será un añadido agradable, nunca una necesidad. Jamás un obstáculo.

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